2026-05-16 09:39:45 - ARGENTINA
A las 4.30 AM, cuando todavía es de noche en Carolina del Norte, Micaela Acosta, una maestra de Catamarca, ya está despierta. Antes de entrar al aula, le gusta tener tiempo para ella, para hacer ejercicio y organizar su casa. Después de toda su rutina, maneja 15 minutos hasta la escuela donde es la maestra de segundo grado. Allí pasará toda la jornada hasta la mitad de la tarde.
Hace cinco años, su vida era bastante distinta. Vivía en su provincia y corría de una escuela a otra dando clases de inglés, casi siempre en escuelas bilingües. Todo el tiempo cambiaba de grupo de alumnos y de edades. Hoy, en cambio, enseña todas las materias en español dentro de una escuela pública de los Estados Unidos. No solo eso, también acaba de finalizar una maestría en Innovación Educativa en la Universidad de Elon.
“Sentía que necesitaba crecer, conocer otras maneras de enseñar y desafiarme profesionalmente”, cuenta. La oportunidad apareció casi por casualidad, cuando encontró una convocatoria de Participate Learning (PL), una organización internacional que conecta docentes de distintos países con escuelas públicas estadounidenses que tienen una demanda de maestros internacionales.
Según los datos de esa organización, más de 250 docentes argentinos participaron del programa desde sus inicios y, en este momento, hay 86 trabajando en escuelas de Carolina del Norte, Carolina del Sur y Virginia.
La historia de Micaela no es la única. Según explican en PL, en el último tiempo crece el interés de los maestros argentinos por probar suerte en el exterior. Desde la organización advierten que la caída de la natalidad y la crisis de salarios del sistema educativo, profundizarán esta situación en los próximos años.
En la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, la cantidad de alumnos que comenzaron primer grado cayó de 41.117 en 2020 a 30.686 en 2025, según datos del Ministerio de Educación porteño. En paralelo, la tasa global de fecundidad en la Argentina descendió a 1,09 hijos por mujer en 2023, el nivel más bajo desde que existen registros. Desde la organización explican que mientras las aulas argentinas empiezan a requerir menos docentes, en Estados Unidos crecen las búsquedas de maestros bilingües y docentes para trabajar en programas de inmersión dual, que contemplen tanto la enseñanza del español como del inglés.
Muchos docentes argentinos llegan atraídos por los salarios en dólares, que oscilan entre los US$41.000 y los US$55.000 anuales. Pero el pago no es lo único: LA NACION conversó con tres de los docentes que en estos días atraviesan la experiencia de estar al frente de aulas norteamericanas. Todos apuntaron que el cambio también significó aprender otras formas de enseñar y de relacionarse con los estudiantes.
“Yo no sentí que en Estados Unidos tuviera más oportunidades laborales que en la Argentina. Siempre pude elegir dónde trabajar. Lo que descubrí acá fue otra dimensión de la docencia”, cuenta Érica Schliemann, una maestra argentina ahora radicada en Denver, Colorado, después de haber trabajado cinco años en Carolina del Norte.
Érica nació y se formó en Buenos Aires. Estudió en el Instituto Superior de Formación Docente N°52 de San Isidro y trabajó durante años en escuelas bilingües enseñando inglés. Más tarde se dedicó a la docencia en general, en colegios estatales y privados. Pero cuenta que, aunque siempre tuvo trabajo, una cuenta pendiente era conocer otros sistemas educativos y aprender nuevas maneras de enseñar. Europa parecía una opción lejana y compleja, aun teniendo pasaporte europeo. Estados Unidos, en cambio, le resultó más accesible, dice, gracias a este programa, donde la ayudaron a tramitar las validaciones, documentación y el trámite la visa “J”, que es la que se requiere para aspirar a este tipo de trabajo.
Según se informa en PL, para poder trabajar como docente en Estados Unidos es requisito poseer una licenciatura en Educación (o área afín) de al menos cuatro años, y esta debe ser equivalente a una licenciatura estadounidense.
Para Schliemann, la posibilidad surgió después de leer una nota sobre la iniciativa que buscaba docentes argentinos para trabajar en Estados Unidos. Se postuló, completó entrevistas y fue seleccionada. Viajó junto a su marido justo antes de la pandemia. Sus hijas ya eran grandes: la menor tenía 18 años y terminó instalándose en Europa con su hermana, ya que no era muy probable que le dieran una visa para ella.
“Sentimos que era un buen momento para profesionalizar mi carrera”, recuerda Érica. Su marido estuvo de acuerdo. Se mudaron en febrero de 2021, todavía en contexto de Covid. Apenas unos meses después, Érica ya había sido nombrada mentora de maestras nuevas. Más tarde asumió roles de liderazgo como coordinadora de “grupos pequeños”, una modalidad que permite dar apoyo escolar a los estudiantes que lo requieran.
También se convirtió en líder de grado (coordinaba tareas entre otras docentes del mismo nivel) y pasó a integrar el equipo de mejora escolar de la escuela. “Ahí entendí que en este sistema, la docencia no era solamente entrar al aula y dar clases. Empecé a participar en decisiones pedagógicas, a acompañar a otros docentes y a trabajar en estrategias para mejorar el aprendizaje. No había tenido esa oportunidad en Argentina”, explica.
Otra diferencia que menciona es el sistema de evaluación: en las escuelas donde trabajó en Estados Unidos, los resultados de los alumnos forman parte de la evaluación del desempeño docente. También existen estructuras más aceitadas de seguimiento académico, reuniones periódicas y capacitaciones continuas, que son un requisito para seguir adelante.
Su rutina diaria es intensa. A las 7.30 ya está en la escuela. Los martes tiene reuniones con el equipo de middle school; los miércoles, encuentros generales; y los jueves, reuniones del área de matemática. Ahora, dicta matemática en inglés y ciencias sociales y prácticas del lenguaje en español. Además, coordina un programa de grupos pequeños, que son métodos de apoyo para alumnos que necesitan reforzar contenidos.
La diferencia con la forma de trabajar en Argentina, dice, no solo se encuentra en el salario. También, explica, esta metodología de trabajo, en la que pasa todo el día con el mismo grupo de alumnos, le permite establecer una mayor profundidad en el vínculo con los estudiantes.
“Estoy prácticamente siete horas con el mismo grupo. Los conozco muchísimo más. Entiendo mejor qué les pasa, cómo aprenden, qué necesitan. La energía que demanda es enorme, pero también el vínculo se construye de otra manera”, cuenta. En los Estados Unidos, detalla, la planificación es constante y minuciosa. “Todos los días doy varias materias distintas. No existe eso de entrar un rato y salir. Hay mucho más trabajo de preparación. Para cada día de clases, planifico unos seis contenidos distintos”, explica.
Micaela coincide en el hecho de que trabajar en escuelas norteamericanas le hizo ver lo fragmentada que es la forma de enseñar en la Argentina, al menos en su experiencia. En Catamarca, su tarea estaba segmentada entre distintas escuelas e institutos. En Carolina del Norte, en cambio, pasó a acompañar al mismo grupo durante toda la jornada.
“El rol docente es bastante más integral. No solamente enseñás contenidos: seguís el desarrollo emocional, trabajás con otros profesionales y participás permanentemente de instancias colaborativas”, señala. También destaca que el sistema contempla la capacitación continua de los docentes como parte de su trabajo y no como algo aleatorio o voluntario. Los distritos escolares suelen ofrecer talleres, cursos y entrenamientos permanentes. En algunos casos, incluso cubren gastos para asistir a conferencias en otras ciudades, dice. “Hay mucho trabajo en equipo y mucha inversión en desarrollo profesional”, agrega.
Ronald Ramírez, gerente de reclutamiento para América Latina de PL, asegura que ese es justamente uno de los aspectos que más valoran los docentes argentinos cuando llegan. “El salario es importante, pero el diferencial está en el crecimiento profesional. Son experiencias que permiten ampliar sus posibilidades”, sostiene. Ramírez explica que el programa funciona desde 1987 y que cuenta con respaldo del Departamento de Estado norteamericano.
Los docentes viajan con visas especiales y reciben acompañamiento en los trámites migratorios y en la inserción laboral. Además de trabajar, muchos aprovechan para hacer posgrados en universidades estadounidenses. A través de convenios con instituciones como la Universidad de Greensboro y la Universidad de Elon, los participantes pueden cursar maestrías en educación primaria, educación especial o innovación educativa con aranceles reducidos.
Ramírez asegura que los docentes argentinos suelen destacarse por su flexibilidad y capacidad de adaptación. “Las escuelas valoran muchísimo la riqueza cultural que aportan. No solamente enseñan contenidos: llevan su cultura al aula”, explica. Eso se traduce en pequeños gestos cotidianos. Clases sobre costumbres argentinas, conversaciones sobre el mate, actividades vinculadas con el fútbol o propuestas para enseñar español desde experiencias culturales concretas.
Cecilia Camarero tiene 42 años y es docente, nacida en Cipolletti, Río Negro. Estudió el profesorado de Inglés en la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional del Comahue, en General Roca, y trabajó durante más de 13 años en escuelas secundarias públicas y privadas de Cipolletti, además de instituciones terciarias. “Siempre tuve interés en realizar un intercambio cultural y vivir en otro país, pero no lo hice de chica y después, muchos programas tenían límite de edad o no permitían viajar con la familia. Hasta que encontré este programa de intercambio docente”, cuenta Cecilia, hoy radicada en Wake County Public School System, en Ligon Magnet Middle School, en Carolina del Norte, donde ya lleva casi cinco años.
“Mi experiencia fue transformadora. Como maestra embajadora de Argentina tuve la posibilidad de enseñar español y compartir nuestra cultura con estudiantes de Estados Unidos. Siento que soy un pedacito de Argentina dentro del aula. Eso es muy gratificante y a los estudiantes les encanta”, dice.
Se embarcó en esta experiencia junto a Carlos, su esposo, su hija Roma, que entonces apenas tenía cinco meses, y su hijo Luca, de diez años. “Mis hijos hoy son bilingües y tuvieron la oportunidad de hacer amigos, crecer y vivir inmersos en otra cultura. También pudimos viajar mucho y conocer personas de distintas partes del mundo”, dice la docente.
En el ámbito profesional, tuvo oportunidades que define como “muy enriquecedoras”: “Fui mentora y coach de docentes nuevos, presenté en conferencias internacionales y aprendí muchísimo sobre otro sistema educativo. El docente argentino es supervalorado acá por su capacidad de adaptación, creatividad y formación profesional”, dice. “La experiencia me abrió puertas y me permitió desarrollarme en ámbitos que veía lejanos como coachear a docentes y compartir sesiones sobre tendencias en la enseñanza de idiomas a profesores de Argentina”, cuenta.
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