Efraim Sklar, el primer árbitro argentino en un Mundial de rugby: “Me gustó dirigir, sos como un director de orquesta”

2026-05-16 12:04:46 - ARGENTINA


Muchos momentos marcaron la vida de Efraim Sklar. De los lindos y de los dolorosos. Un chico apasionado por el fútbol nacido en Liniers en 1947, enamorado de las finanzas al punto de haberse recibido de contador, y que un día conoció el rugby, lo practicó y con el tiempo se convirtió en uno de los mejores referís argentinos de esta disciplina. Que lo distinguió con la invalorable experiencia de haber dirigido en dos Mundiales, nada menos: los de 1991 (con sede de Inglaterra, más varias subsedes) y de 1995 (en Sudáfrica, el famoso Mundial de Nelson Mandela y de la película “Invictus”). El primer árbitro de nuestro país en la Copa del Mundo. En 2003 fue el turno de Pablo Deluca. Los únicos dos en referear en Mundiales. Sin olvidar que el propio Sklar, Deluca, Federico Cuesta y Federico Anselmi fueron asistentes en distintos años.

Fue el primero de esos Mundiales en el que quedó retratado por una imagen que hoy se viralizaría en cuestión de minutos. Pero tan grande fue el impacto de aquella charla con dos jugadores en pleno partido que hasta fue utilizada como emblema de uno de los preceptos del rugby: “Respect” (Respeto). El propio Sklar, hoy con 78 años, la recuerda con una sonrisa y hasta tiene la fotografía enmarcada y colgada con orgullo en el living de su casa. ¿Dos datos? En esa época, con 44 años, medía 1,60m y pesaba 68 kilos…

-Te tocó dirigir a tipos de más de 2 metros y de 120 kilos. ¿Había jugadores que te quisieran intimidar con el físico?

-No, un profundo respeto. Mirá, en mi primer Mundial, en 1991, pasó algo muy gracioso. Me toca el segundo partido de los All Blacks, que ya le habían ganado a Inglaterra y llevaban 7 partidos invictos contando el primer Mundial. Fue contra Estados Unidos, en Gloucester. Había un duelo muy particular entre dos de los segundas líneas líderes: el neozelandés Ian Jones y Charles Tunnacliffe. De entrada se empezaron a golpear, a molestarse. Dí un par de penales. En un momento, los llamo a los dos. Mi idioma inglés es bastante deficiente, no sé si me entendían. Y de fondo, empecé a escuchar risas del público. Miro para atrás, como para entender de qué se reían, qué era lo que me estaba perdiendo. ¡Resulta que era por mi diferencia de estatura con ambos! Claro: con 1,60m quedaba en ridículo contra dos tipos de 2,05m que se tenían que agachar para escuchar lo que les balbuceaba.

En los tiempos de fútbol de potrero, a Sklar le llegaban “señales”. Por ejemplo, le indignaba cómo insultaban a los referís, la poca predisposición a entender el reglamento de la gente que iba a ver los torneos. “A veces tenían que salir corriendo”, recuerda. Y cuando comenzó el ciclo secundario, en el Carlos Pellegrini, en una de las estaciones del tren veía en el puesto de diarios los reglamentos de todos los deportes. Se compró el de fútbol, para poder discutir con fundamento con sus amigos. Y después fue el de rugby: una de sus hermanas, Marta, se había puesto de novia con un rugbier de Beromama (club de Liniers) y empezó a seguir también sus partidos.

“La primera diferencia que encontré es el clima, la gente, el respeto”, admite. “Me rompí una clavícula y entonces un profesor de educación física me propuso referear. Empecé y me gustó”.

-¿Qué te gustó?

-Que el referí es como un director del juego, un director de orquesta, que hace que los dos equipos puedan desarrollar su juego, lo que tienen pensado, dentro de las reglas. Cooperar, ayudar. La prevención creo que es la mayor función del referato. Y que los jugadores, en cualquier deporte, puedan desarrollar todo lo que practican, todo lo que vinieron entrenando, respetando los sistemas del juego. Lo esencial era aprender bien las reglas. A los cuatro o cinco años que yo empecé a referear, me hice cargo de la escuelita de referato. Para aprender no hay nada mejor que dar clases, porque viene uno te pregunta y tenés que saber o ir al libro y ver cómo se resuelve tal cosa.

El referato es algo vocacional, te tiene que gustar, bancarse la crítica. Siempre alguno te va a echar una puteada, siempre vas a tener un partido horrible. Y después está tu capacidad para ir resolviendo cada cosa.

-¿Llegaste a jugar?

-Sí. A los 13 años. Quise jugar en Beromama, en reserva. Se entrenaban frente a los cuarteles de Ciudadela. Me invitaron para ir un sábado a la mañana. ¡No había nadie! Esperé 15, 20 minutos, y me volví. Era una desorganización total. En un año, muchos de los jugadores volvieron a Beromama y salieron campeones invictos de punta a punta en tercera división. Me empezó a gustar el juego. Y el respeto. Aplaudían al jugador que tomaba la pelota de aire, al otro que pateaba y la sacaba afuera. O cuando pateaban a los palos. Y para mi, todo eso, que había jugado al fútbol desde chico, eran cosas muy simples. Y aparte estaban las chicas que iban al rugby: eso te entusiasma, jaja.

-Hasta que apareció Obras en tu vida.

-Sí, me invitó un amigo. Te hacían socio jugador, no tenías que pagar ingreso y la cuota era muy barata. Ahí empecé, a los 13, en sexta, porque en esa época no había rugby infantil. Y todo me parecía fácil. Mi puesto hubiera sido el de medio scrum, pero jugaba de apertura: el hijo del entrenador era el 9, je. En Obras llegué a primera, como inside. También fui wing y me encantaba el puesto de fullback. Me casé en el 72 y en 1973 me cambió la vida por motivos familiares. También ese año nos fuimos de Obras Sanitarias y fundamos San Patricio: el 17 de marzo del 73.

-¿El nombre a quién se le ocurrió?

-Justo era el día de St. Patrick. Y se lo pusimos. La camiseta fue celeste…porque era la más barata de todas que consiguieron, jajaja. Y así arrancamos. Cuando compramos el predio cerca de Pilar, en cómodas cuotas, nos entrenábamos en Palermo. ¡Imaginate en invierno! No sé por qué había un tranvía en exhibición, pero nos cambiábamos ahí, era nuestro vestuario.

-¿En San Patricio cuanto estuviste?

-Como jugador, hasta que me retiré en el 75. Después fui dirigente y referí.

Ese “me cambió la vida por motivos familiares” es un capítulo aparte en la vida de Sklar, enlazado con el dolor más profundo. Llevaba seis meses de casado con María Elena cuando recibió una noticia terrible: en un accidente automovilístico yendo de Pinamar a General Madariaga “para hablar por teléfono”, fallecieron su hermana Frida y su cuñado Gerardo. El pequeño Gastón Ezequiel, de un año y medio, se salvó milagrosamente. “Pasó a ser mi hijo”, dijo Efraim. Al año siguiente nació Solange Verónica. “Me cambió la vida” encierra su paternidad por partida doble y su rol al frente de una empresa familiar. Tenía 28 años.

“Yo soy contador y licenciado en la administración. Me imaginaba un futuro como ejecutivo empresarial. Trabajaba medio día en la mueblería que era de mi padre. Y mi cuñado tenía una historia similar: se hizo cargo la empresa ‘la Casa de los hules’. Me llama y me dice ‘che, dame una mano, porque yo quiero entrar al servicio exterior. ¿Podés hacerte cargo de la empresa?’. Justo tenía la posibilidad de entrar en Editorial Abril como asesor financiero. Iba a ingresar el 1° de marzo. Pero el 19 de febrero fue el accidente de Frida y Gerardo. Mi hijo mayor sobrevivió. Y quedé a cargo de la empresa. Así que de la noche a la mañana me cambió la vida”, cuenta Sklar. Que paradójicamente nunca llegó a ejercer de contador. Tenía una misión mucho más importante en la vida, claro. Gastón Ezequiel, Solange Verónica y Matías Federico son sus soles, junto a María Elena, su compañera de siempre.

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En San Patricio había un gran referí, su referente: José María Cabanas. Fue el que lo invitó a hacer el curso cuando Sklar se retiró. No necesitaba mucho impulso: lo obsesionaban las reglas. “Dirigía los sábados y los domingos, las quintas y cuartas divisiones. La familia me acompañaba. Yo me divertía, ellos no sé si tanto…”

-Vuelvo un segundo a lo de Obras. Cuando se fueron y fundaron San Patricio, en el 73, fue por discrepancias con el presidente Miguel Mancini, ¿no?

-Sí. Veníamos de la presidencia de Elizalde, un hombre de rugby. Cuando asume Mancini, muy ligado al básquetbol, transformó el club. Hizo un estadio, el colegio y quería profesionalizar el rugby. ¡Hasta quería contratar a Hugo Porta! Fundó una liga paralela (Fedar). Le dijimos que estaba loco. La situación interna se hizo insostenible. En marzo del 73 nos fuimos la mayoría de los jugadores.

-Bien. ¿En qué momento, por la complejidad de las reglas de los deportes, sentiste que sabías de reglamento y que nada te iba a sorprender adentro de una cancha?

-Llevó mucho tiempo. El curso se hacía en una salita de la URBA. Ya en el primer año me ponía a discutir. Me dicen una vez: “¿Cuándo hay scrum 5 en el que tira defensa?”. Me explican que en ningún caso, que siempre tira el que ataca. Y entonces señalo la excepción: “Cuando se pide mark en el ingoal. El equipo de defensa puede pedir el scrum”. Me dieron la razón y me empezaron a dar un poco más de vuelo, porque nadie me conocía.

-Te interesabas mucho por el reglamento.

-Sí, pero, jajaja. Una vez, me invitaron a un comité del juego, con Papuchi Guastella y el Gringo Perasso, dos monstruos para mi por lo que sabían y cómo se brindaban para dar sus conocimientos. Y pregunto: “¿Dónde se puede conseguir un reglamento?”. Me contestan: “No, no hay reglamento. El último debe haber sido impreso hace como 6 años”. ¡No lo podía creer! La UAR estaba medio fundida y nos dijeron que no tenían plata para eso… Entonces, entre el Gringo, yo y otros dos pusimos la plata para reimprimir el reglamento. Pudimos distribuir 3 o 4 reglamentos en cada uno de los clubes, de Buenos Aires nada más.

-¿Y cómo se enseñaba? Digo, si no tenían reglamento.

-Era todo verbal. Como era un reglamento oral, cualquiera decía lo que quisiera. Por ejemplo, “en el ingoal no hay infracción”. ¿Quién dijo que eso es así? Como esa, hay 70.000.

-¿Pasaban esas cosas? Porque si el rugby no hubiera tenido esa esencia de respeto, hubiese sido un escándalo en todos los partidos.

-Sí, pasaban. Pero no era un escándalo porque las penas eran severísimas. Vos pegabas una piña y te podían dar 10 años. Si te propasabas con el árbitro, 99 años.

-¿Propasarse es putearlo?

-Jugador que me haya puteado… Lo peor que me dijeron, que me quedó grabado para siempre… No voy a decir quién fue. Termino un partido que dirigí muy mal, de los peores de mi vida. Cuando salgo, un dirigente distinguido de uno de los clubes se me cruza y yo dije “Por Dios”, como un desahogo. Y el tipo me dice “Vos no tenés Dios porque sos judío”. Lo escribí en el informe, claro. Y no sé cuántos años le dieron. Pero bueno, putearme en la cancha un jugador, no. Público, seguro. Sí, sí.

-¿Tuviste algún otro episodio de discriminación?

-No, así algo religioso, no.

-El famoso cartel de las canchas, “el referí siempre tiene razón”, ¿está dirigido para los jugadores o para la gente?

-En primer lugar, supongo que para los jugadores. Mi club, Obras Sanitarias, campeón del 53, tenía una abertura para entrar a la cancha y un cartel que se hizo famoso: “El referí siempre tiene razón, si usted no lo entiende así, no entre a esta cancha a jugar”.

Siempre sentí respeto. Sí recuerdo una vez en la cancha el CASI, en un partido contra Belgrano, que desde el minuto cero cada cosa que cobraba, la gente protestaba. Nunca supe por qué. Cuando terminamos, les dije a los linesman: “Vayan al tercer tiempo, yo me voy a mi casa”. Me voy yendo y viene corriendo el entrenador de Belgrano, Rosatti. “No te vayas, disculpá, qué sé yo”. Le respondí: “Me siento mal, no tengo ganas de quedarme”. Obviamente, escribí un informe y les suspendieron cuatro fechas la cancha. Al otro día me llamó Rosatti: “¿Qué hiciste? Yo te fui a hablar, pero igual nos informaste”. Y le aclaré: “Sí, ya sé, pero me putearon los 80 minutos. El mal trago lo pasé yo”.

-¿Llegaste a ser árbitro profesional?

-No.

-O sea que nunca cobraste un peso por dirigir.

-No, al revés: puse mucha plata, el rugby me costó mucha plata. En el primer Mundial que dirigí en el 91, te pagaban el pasaje, un hotel cinco estrellas, las comidas, pero yo tenía una empresa y una familia. Había por lo menos cuatro llamadas telefónicas diarias y no se enteraban. El lavado de la ropa personal no estaba incluido. Así se llegaba a una cifra importante, ponele 5000 dólares.

Te digo más, en mi época era muy habitual que te invitaran a las provincias a dirigir algún partido, a Tucumán y Córdoba normalmente. Rosario no la cuento porque ibas en auto, aunque estaban la nafta y los peajes. O te ibas en micro. Pero en los otros casos había vuelos de por medio. Y eso no te lo pagaban.

-Muchos no podrían ir, supongo.

-Claro. Lamentablemente hubo referís muy talentosos que no podían afrontar esos gastos. Cuando asumí un cargo a nivel dirigencia, uno de nuestros objetivos era conseguir los viáticos. Lo mínimo. También para evitar que los referís sin recursos dejaran la actividad. Pero en esa época hablar de pagarle a los referís era una cosa…, era hablar del diablo. La gran disputa que hubo políticamente entre dos corrientes.

-Una batalla de ideas.

-Tenías abanderados del amateurismo y otros que entendían que se podría contribuir con el rugby contratando, por ejemplo, profesores de educación física para entrenar a los planteles, pagos por el club. Hablar de entrenadores pagos era mala palabra. Cuando los detectaban, llegaban las sanciones para el club o eran muy mal vistos. Algunos entrenadores hasta tuvieron que irse a trabajar al exterior.

-Fuiste el primer referí argentino en ir a Mundiales. ¿Qué sentiste cuando te dijeron de ir al de 1991, en Inglaterra?

-¡Y, casi me muero! Es evidente, con respecto al referato, que lo más importante es dirigir en Mundiales, pero yo me siento más dirigente. He sido presidente muchos años de la Asociación de referís y pudimos empezar a revertir un montón de cosas. Empezó de a poco el profesionalismo, publicidades. Pero el objetivo era conseguir viáticos para que nadie tuviera que poner plata de su bolsillo para dirigir. Se logró. Y después…Cuando yo jugaba los referís eran señores gordos y de 50, 60 años. El rugby cambió, se hizo más dinámico. Se necesitaba otra cosa. Entrenamientos con profesores de educación física, una revisión para ver si estaban aptos médicamente. Si hasta una vez, un referí de Olivos se llegó a morir en la cancha. Logramos que bancaran los aptos, que nos dieran la ropa.

-Está claro el concepto. Pero decime qué te provocó ese primer Mundial.

-A ver, cada país interviniente tenía que mandar por lo menos un árbitro. Algunos refereaban, yo tuve la suerte de dirigir el partido de la foto con los grandotes, en Gloucester. Era un hecho histórico para el referato argentino también. Me sentí muy satisfecho. Era un desafío. Tenía un nudo en la garganta. Pero fue un partido sin mayores complicaciones, muy disputado a pesar de la gran diferencia para los All Blacks, que ganaron 46-6.

-¿Después dirigiste como juez de línea?

-Sí, en varios partidos. Ese Mundial se jugó con base en Inglaterra, pero también se disputaron partidos en Irlanda, en Gales, en Escocia y en Francia, donde fui linesman.

-¿No te seleccionaron para los playoffs?

-No. Había un corte en la etapa de clasificatoria. Ahí se retiraban casi la mitad de los referís y únicamente quedaron los de las ocho Home Unions. O sea que, por más que fueras Gardel, si no eras del entonces Cinco Naciones más los tres del Hemisferio Sur, no entrabas. Yo creo que me podría haber “colado”, porque había un árbitro galés, que era policía, muy malo.

-¿Pero te quedaste a ver los partidos y a pasear un poco?

-Sí. Vino mi señora y nos quedamos hasta la final. Por la nuestra, ¿no? Te daban dos entradas para cualquier partido. La UAR había comprado 50 entradas para la final, de las cuales habrán repartido 10. Quedaban 40. Entonces me las dieron a mí. “Te vamos a ir llamando por teléfono a ver a quién se las entregás”. Cuando faltaba un día, tenía 20 entradas. ¡Podría haberme hecho millonario como revendedor! jajajaja.

-¿Pero qué hiciste con los tickets?

-En Londres hay muchos locales que venden entradas de todo. Cambié dos de la final por un par para ver “El Fantasma de la ópera”. Después, un dirigente me pidió por un abogado, que las pasó a retirar, me quiso pagar y le aclaré que era una invitación de alguien de la UAR. “OK. ¿Usted qué necesita?”, me preguntó. “Un transfer el día de la final del Mundial, para que nos lleve al estadio, nos espere y después nos alcance del estadio al aeropuerto”, le dije. ¡Y ese día anduvimos en una limusina!

-¿Y el segundo Mundial? Fue nada menos que la vuelta de los Springboks.

-El segundo Mundial fue por mérito. Porque después de ir a dirigir en Inglaterra, lo hice en un partido de clasificatoria al Mundial 95 (Italia-Rumania), y también estuve en la gira de Gales a Fiji y a Tonga. No sé cuántos referís han dirigido en esos dos exóticos países. En Sudáfrica 95 me tocó referear Japón-Gales (Gales 57-10, en Bloemfontein). Y varios más como línea.

-¿Llegaste a ver a Mandela?

-No, no me quedé hasta el final, me tuve que volver por cuestiones laborales. O sea que lo de Mandela no lo viví. En el 91, estaba el Apartheid y Sudáfrica no participó. Cuando termina la final que gana Australia, hay un grupo de unos 50, 60 sudafricanos con unos carteles que decían “No puede haber un campeón si no jugó Sudáfrica”. Fue un mensaje para lo que vendría, una suerte de lobby. A los dos años, Sudáfrica se reinserta en el rugby internacional invitando a Nueva Zelanda y a Australia a jugar durante dos semanas seguidas partidos entre ellos. Fue muy interesante. Pude, con otra gente, ver esos partidos de reencuentro de Sudáfrica con el rugby internacional.

“Aquel SIC vs. Australia fue muy intenso los últimos 5 minutos. Yo no sabía cómo iba el partido. Sabía que estaban parejos, pero no tenía exactamente el resultado. Y los jugadores del SIC se empezaron a sobreexcitar. “Efraim, terminalo, terminalo”, me pedía Alfredo Soares Gache, totalmente sacado.Lo vivieron más los jugadores del SIC que yo, que sólo después valoré la trascendencia que tenía el hecho".

-Viviste desde adentro el partido del SIC con los Wallabies en 1987, el del empate famoso 13-13. ¿Qué representó, qué recordás de eso?

-Fue muy intenso los últimos 5 minutos. Yo no sabía cómo iba el partido. Sabía que estaban parejos, pero no tenía exactamente el resultado. Y los jugadores del SIC se empezaron a sobreexcitar. “Ché, ¿cuánto falta? ¿Cuánto falta?”. Entonces yo pensaba “¿Qué les pasa a estos?”. Hay un golpe, un jugador caído. “Efraim, terminalo, terminalo”, me pedía Alfredo Soares Gache, totalmente sacado. ¡Faltaban 5 minutos! ¿Cómo lo iba a terminar? Lo vivieron más los jugadores del SIC que yo, que sólo después valoré la trascendencia que tenía el hecho.

-Encima, el SIC lo empata con try de scrum, su sello distintivo.

-En ese partido, por lo menos debe haber habido 10 penales por derrumbe de scrum. Fui muy criticado públicamente por el entrenador Alan Jones. ¡Se caían, no aguantaban! El empate fue muy valioso. Y pudieron haber ganado, pero no acertaron la conversión. Australia venía de ser cuarto en el primer Mundial.

-En tu carrera no te tocó la tecnología. ¿Fue útil para el referí?

-Lo más útil que yo sentí fue la introducción de las tarjetas amarilla y roja. Recuerdo un partido caótico en Tucumán, entre el local y Sudáfrica, con cuatro expulsados. Si hubiese tenido la amarilla se podía haber manejado de otra manera. El TMO es como el VAR: a veces te ayuda, a veces no. Los problemas del TMO son más por defecto que por efecto, por dejar de intervenir en jugadas en las que debió actuar.

-¿Con el tema de la ventaja y vuelta atrás? A veces parecen muchas.

-Sí, y me lo preguntan los entrenadores continuamente: hasta cuántas secuencias pueden jugar hasta volver a la primera. Me parece que hay una sobreexageración de los referís internacionales más jóvenes de dejar jugar, porque cuando vuelve ya la gente se olvidó de la jugada... Habría que definir sobre cuántas situaciones de juego se pueden dar antes de volver o no atrás. Hoy, si un penal se produce dentro de las 22, el juego sigue puede seguir 2, 3 minutos y después se vuelve. Me parece un exceso, sobre todo cuando el feeling que tenés es que no va a prosperar. Lo mismo con el pick&go: hay tres, cuatro, cinco veces: es cansador.

-¿Te gusta el Seis Naciones?

-Sí, mucho. Hay equipos que han logrado algún tipo de técnicas de ataque y perfeccionamiento: Francia, con una dinámica, un juego de manos, una inteligencia en el juego asombrosa. Otra fue Escocia. Francia es de los que más me divierte ver, me deslumbró. Porque los del Sur son más predecibles. Sudáfrica es pura fuerza, potencia. Claro, ver un pilar corriendo y volteando muñecos a velocidad también agrada. Pero el Seis Naciones, para mí, es el mejor campeonato. Hasta Italia, con Gonzalo Quesada, está mejorando.

-¿Los Pumas? ¿Cómo los ves?

-Me parece que están pasando un momento histórico. Están jugando a un nivel que nunca creí que llegarían, casi de igual a igual con cualquier equipo. Si se dan determinadas condiciones, pueden ganarle a cualquiera. Eso, a pesar de no tener un apertura del nivel de Nico Sánchez.

-¿Albornoz no te gusta?

-Puede tener un muy buen futuro, posee muchas cualidades. Hoy por hoy es el mejor, pero estuvieron jugando algunos aperturas que no dieron el nivel.

-¿Al resto del equipo lo ves bien?

-Lo veo balanceado, con una tercera línea excepcional. Nunca tuvimos una así, con Kremer, con Matera, González. Kremer podría jugar en cualquier seleccionado. Eso sí, no logramos tener una primera línea preponderante. Es increíble: Argentina le enseñó al mundo cómo jugar el scrum, y así crecieron en esa formación Inglaterra, Francia, Australia, Nueva Zelanda, y nosotros nos hemos quedado. No logramos tener una primera línea que por lo menos asegure nuestra propia pelota. En cambio, en el line out se progresó muchísimo.

-¿Nos copiaron nada más en el scrum o hay algo más?

-Que el scrum haya dejado de ser una formación de disputa de la pelota me parece un gran error. Participé en tres convenciones de la IRB y uno de los temas que se hablaba era sobre cómo “frenar” el scrum argentino. No entendían cómo los Pumas se llevaban puestos a los otros scrums. Entonces empezaron con el tema del empuje, del agarre. La forma que se está introduciendo la pelota en el scrum es horrorosa. Hoy, lo único que podés disputar en el scrum es la calidad de la pelota. Siguen tirando la pelota a los pies de la segunda línea. ¡Un espanto!

-¿Qué chances les asignás a los Pumas en el próximo Mundial?

-Para mí fue una sorpresa lo que está haciendo el entrenador, Felipe Contepomi. Nunca pensé que pudiera lograr lo que consiguió. No apostaba por él, pero debo aceptar que está haciendo un muy buen trabajo. Lo mismo que Quesada con Italia.

-Hablaste del scrum. Hubo muchos accidentes serios, en los últimos tiempos. ¿Esas son fatalidades o hay algo de culpabilidad de la estructura del rugby?

-Hay culpabilidad. A mi criterio, 90% responsabilidad de los entrenadores. Porque ensayan posturas o sistemas de empuje que implican hacer daño al contrario asumiendo un gran grado de riesgo a sus propios jugadores. Y al referato le asigno también una importante dosis de mal desempeño en los manejos del scrum. Ante la realidad de accidentes fatales, uno se tiene que rendir: no puede haber un deporte donde un tipo quede parapléjico.

-¿El referí se da cuenta cuando hay una situación de riesgo?

-Debe tenerlo en cuenta. Y necesita mucha ayuda de los jueces de touch, porque muchas veces pueden advertir cosas que el referí no ve.

-Te doy un nombre importante al azar: ¿con Hugo Porta cómo te llevabas cuando lo dirigías?

-Bien, bien, ningún problema con Hugo. Todo pateador tenía la costumbre de decir “voy a patear a los palos”. Y no es necesario: si el jugador hace el pozo y acomoda la pelota, eso indicaba que iba a patear. Eso hacía Porta y entonces yo llamaba directo a los linesman. Porta ni hablaba.

-¿Y con alguno tenías roces? Alguien díscolo, digamos.

-Ehhh, sí. Uno que era hooker de un equipo de La Plata. Los tipos jodidos son jodidos con todos los referís, no era algo personal conmigo. Un tipo protestón mal. Un día, que le cobré muchos penales por levantarse del scrum y protestar, cuando termina el partido me voy caminando hacia el vestuario y siento que aplauden por detrás mío. No me di vuelta porque si no lo tenía que informar, pero le pregunté al linesman: “¿Es el hooker?”. Y era él nomás.

-¿Te hizo llorar algún partido?

-No, no. El partido que salí más satisfecho fue en Vélez, en 1990, cuando el seleccionado de Buenos Aires le ganó a Inglaterra en el 90. El sábado anterior también los había derrotado Banco Nación, con un referato muy cuestionado por la prensa inglesa. Tengo recortes de diarios británicos donde dicen “esta vez el referí no tuvo nada que ver con el resultado”. Y también palabras elogiosas de los ingleses y de los entrenadores argentinos.

-¿Y lo del cambio de reglas justo para un CASI-SIC cómo fue?

-Uffff, fue otro partido que me dejó muy satisfecho. Las reglas en el hemisferio norte se empiezan a aplicar en el arranque de la temporada el 1° de junio. Y acá el 1° de junio es en el medio de campeonato. Un año cambia una regla fundamental: la del tackle. Antes, cuando te tackleaban, vos podías pasar la pelota mientras te estabas cayendo, mientras no tocabas el suelo. Pero una vez que caías en el piso, la tenías que soltar. Esta regla cambia y dice que si vos caés en el piso tackleado, inmediatamente podés pasar la pelota o alejarla de tu cuerpo. Es un cambio rotundo. ¿Cuál es el primer partido que se juega? CASI-SIC. Me designan para dirigirlo…

-Pensaste “qué despelote se me viene”.

-Exacto. El lunes, se trata el tema. El martes me llama el Veco Villegas, coach del SIC, y me pide una reunión para ver cómo íbamos a aplicar el tema del tackle y por dónde se entra. Pedí autorización con la Asociación de Referís y le aclaré que también debía estar el coach del CASI, que era el Caña Varela. Y tuvimos la charla nomás, los tres. Traté de explicarles cuál iba a ser la interpretación. El sábado dirijo ese partido y salió todo muy bien. La gente puteaba porque el cambio había tenido poca difusión. ¡El primero que cayó y la pasa fue el Chapa Branca! Puteaban, jajaja. Después, corrió el boca a boca explicando lo de la nueva regla y se fueron tranquilizando los de afuera. Los de adentro estaban bien concentrados.

-¿Es fácil reclutar referís o le esquivan a la idea?

-La acción de reclutar referís es bastante complicada. Decirle a un tipo que se aleje de su club porque ya no va a poder ir a verlo los domingos... El referí tiene que ser un ex jugador, no concibo un tipo que pueda ser un buen referí sin haber sido jugador de rugby. Es muy difícil, no imposible, sacar a las personas de esos clubes, meterlos en una actividad en la que habrá aplausos y puteadas, y donde no vas a ganar plata.

-¿No hay referís que puedan vivir de su actividad?

-Sí, los referís extranjeros son todos profesionales. Eso significa que pueden vivir del rugby. Seguramente tienen alguna otra actividad, porque el referato te deja tiempo: dirigís una vez por semana. Los viajes son un tema: cuando un referí del hemisferio sur viaja al hemisferio norte a dirigir un partido, por lo menos pierde 15 días. Tiene que ir una semana antes, prepararse. Seguramente lo hacen dirigir previamente un partido local, para que se vaya ambientando.

-¿Alguno te gusta más de los internacionales?

-Están dirigiendo bien, en general. Algunos me gustan más que otros, pero en general, no hay un número uno. Sí lo hubo: el galés Nigel Owen, que dejó de referear en 2020 tras 17 temporadas y 100 tests. Tenía un feeling, un contacto con los jugadores muy especial. Mucho de la tarea del árbitro es la forma de comunicación, de darle a entender que está ahí para ayudar al juego y respetar a los jugadores y que los jugadores lo respeten. En mi época, el referí medio que te destrataba, se sentía una autoridad mayor. Hoy, con un respeto mutuo, interactúa con el jugador.

Fuente: google.com